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El viaje de los siete años

Había llegado el mes en el cual Blego tenía permitido hacer su viaje. Según el reglamento todos podían salir cada siete años. Muchos no tomaban esa licencia porque no tenían a nadie para visitar o un sitio adonde ir. Él sí. No le importó que el invierno estuviera por llegar, quería pasar unos días con su madre. Ese día, antes de que salga el sol, ya tenía todo lo necesario en su morral y estaba en marcha. 

Hacía un buen rato que había iniciado el descenso de la montaña cuando se sentó a descansar en una roca del camino. Al inclinar la cantimplora para beber unos sorbos de agua vio que en la cima solo se distinguía el portón del monasterio de Stonc. Él mismo, junto con otros dos monjes, había pintado esa entrada que era tan gruesa como dos hombres y con la altura de un abedul. Se sacudió las sandalias, se subió la capucha y siguió bajando la montaña. 

Por la tarde, la cumbre había quedado oculta por el frondoso bosque. Con cada paso que daba se levantaba una nube de polvo que le cubría los pies. Acompañaba la marcha comiendo las frutas y nueces que iba recolectando. Al llegar la noche, mientras preparaba su cena, vio pasar a un muchacho delgado que caminaba temblando. Lo invitó a acercarse al fuego que ardía bajo su pequeño caldero cubierto de hollín. Estaba cocinando un guiso con unas vainas, tubérculos y hongos que había recolectado. Mientras comía su segundo cuenco las mejillas del joven empezaron a verse más coloridas. Al amanecer, antes de continuar su camino, colocó un puñado de nueces junto al muchacho que estaba durmiendo.  

Cerca del mediodía encontró una carreta sujeta a un burro que comía hierbas con buen apetito. Una de las ruedas estaba fuera de su eje y caída en medio del camino. Mientras buscaba al conductor encontró a un anciano, sentado en una roca, con la cara entre las manos. Se internó en el bosque y al rato regresó cubierto de hojas y sudor con un tronco al hombro. Hizo rodar una piedra hasta el medio del camino, justo debajo de la carreta. Sobre la roca apoyó el leño y empujándolo hacia abajo consiguió enderezar el eje. El anciano haciendo fuerza con todo su cuerpo, volvió la rueda a su sitio. Un rato más tarde, mientras apartaba la piedra del camino, el hombre se alejaba en su carreta. Lo oyó silbar acompañado desde los árboles por el canto de un ruiseñor. 

La luz atravesaba el denso follaje del bosque formando círculos brillantes sobre el camino. Miró el cielo y supo que si continuaba su excursión manteniendo el ritmo, por la noche cenaría junto a su madre. A unos pasos al costado del camino una prenda blanca llamó su atención. Al acercarse encontró a un hombre desmayado sobre la hierba con un brazo ensangrentado. De inmediato lo cargó encima de sus hombros y regresó hacia el arroyo que había dejado atrás no hacía mucho. Luego de limpiar las heridas, desgarró unas tiras de su hábito. Las usó para inmovilizar el brazo fracturado con dos ramas. Lo recostó sobre las hierbas, junto al agua y colocó su morral debajo de la cabeza. Al rato el hombre volvió en sí y lo ayudó a sentarse apoyando la espalda en un tronco. Le contó que lo atacaron tres ladrones y que lo habían golpeado para robarle el caballo. Con algunas hierbas que llevaba en el morral preparó en el caldero una infusión que al hervir resultó oscura y de fuerte olor a menta. Al rato de beberla, el brazo se veía menos hinchado y sus dolores ya no le hacían gritar. Había empezado a nevar cuando se pusieron en marcha y antes del anochecer el camino estaba cubierto de nieve al igual que el techo de la casa del herido. Aunque era muy tarde no pudo rechazar la invitación de la familia para cenar y pasar la noche junto al fuego. Seguía cayendo la nieve cuando por la mañana le explicó a la esposa y al hijo el modo de renovar los vendajes y asegurar los huesos para que sanen sin deformaciones. 

Cerca del mediodía podía ver a sus pies el valle donde vivía Sishi, su madre. Desde las chimeneas de las casas flameaban los humos borrados cada tanto por el viento. Algunos lo vieron pasar por las ventanas y salieron en medio de la nieve a saludarlo. Se sacudió el hábito antes de entrar y tras cerrar la puerta la anciana se le acercó arrastrando los pies con su bastón para abrazarlo. La mujer lo estrujó con blandura largo rato. Solo se oían crepitar las llamas en la chimenea cuando una lágrima le entibió el empeine del pie entre los amarres de la sandalia. 

Le preguntó a su madre desde cuanto tenía esos ataques de tos que la dejaban exhausta, pero ella sacudía la mano para pasar a hablar de otra cosa. Estuvo arreglando el tejado y desde allí podía oír el catarro. Pasaron algunos días recordando su infancia y durante ese tiempo Blego cocinó para su madre. Antes de regresar al monasterio efectuó algunas reparaciones en la casa y llenó la leñera de trozos de madera. Una madrugada besó sin prisa las mejillas frías y arrugadas de Sishi que lo despidió tomando un té que le había preparado con sus hierbas.

Durante el viaje de vuelta, acompañó hasta su casa a unos niños que se habían extraviado en una tormenta de nieve. Llegó al monasterio de Stonc un día más tarde de lo debido, pero nadie lo reprendió. Tampoco le pidieron explicaciones, el espíritu de Blego era conocido por todos. Había oscurecido cuando contemplaba la vela sentado en el catre de su celda. Concentrado en la llama inquieta pensaba que en siete años no tendría a nadie para visitar o un sitio adonde ir. Cuando el sueño le ganó, la luz ya se había apagado, pero aún sonreía. Tenía decidido emprender el viaje dentro de siete años. No le importaba que no tuviera a nadie para visitar o un sitio adonde ir, el camino siempre estaría allí, esperándolo.


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