Ir al contenido principal

El entusiasta

El señor Gallardo fue el primer maestro de la escuela de Villa General Uboldi. Era un hombre delgado, alto y esmerado en todo, en especial con su vestimenta. Llevaba un enorme bigote negro y el cabello corto, del mismo tono, con un flequillo de lado que sacudía de costado cuando le caía sobre la vista. El movimiento había sido bautizado por sus alumnos como “el cabezazo”. Algunos estudiantes habían contado catorce cabezazos en una clase y en la tapa de un cuaderno habían calculado mil cuatrocientos por mes. Pero no eran cómputos acertados, solo contemplaban el horario escolar. Él nunca hablaba de sus padres y era sabido que no pensaba cambiar su condición de soltero. Algunas madres se ofrecieron a recortar el rebelde flequillo del maestro. Ninguna tuvo éxito.

El hombre se ocupaba de organizar torneos deportivos, inculcar el ahorro, promover la filatelia y otras actividades fuera del esquema escolar de la época. Había logrado hacerse querer por todos, incluso por sus alumnos. 

Después de una espera de meses, le llegó por correo un paquete que había encargado por catálogo. Despejó la mesa de la cocina y abrió el envoltorio. En la tapa de la caja se veía un avión de combate a escala para armar. En su interior estaban todas las piezas del Wellington MK X de la Fuerza Aérea Británica. En la época de la Segunda Guerra Mundial él había leído en los diarios el formidable desempeño de esa nave y era su oportunidad de montar su propia réplica a escala. Desplegó sobre la mesa las partes y el adhesivo incluido, pero no encontró las instrucciones para el armado. 

Todo el fin de semana estuvo dedicado a montar las diminutas piezas según le dictaba su buen juicio. La imagen de la caja fue su guía, aunque el resultado del ensamble no se le parecía mucho. El sábado por la tarde comenzó a utilizar un cortaplumas con el que corrigió el ancho o el alto de los encastres que requerían un retoque para ajustarse. El modelo quedó terminado el domingo a la noche, solo restaba montarlo sobre el pie de plástico transparente. La abertura en la base no coincidía con el encastre del soporte y debió valerse de su navaja para solucionar el inconveniente. Como la maqueta no se sostenía sola sobre la base, empleó la última gota del pegamento. Colocó el avión en su biblioteca y se alejó unos pasos y contempló su trabajo. El libro que apoyó sobre el pie para evitar que su obra caiga de lado era funcional pero no muy elegante. Por otra parte, el resultado no tenía simetría lateral ni vertical. Por más empeño que ponía en la contemplación de su trabajo, este no se parecía en nada a la ilustración de la caja.

Cincuenta años más tarde el gobierno provincial estaba organizando un museo de la educación en la ciudad capital. Al enterarse de la iniciativa, los habitantes de Villa General Uboldi pidieron que se incluya al insigne señor Gallardo, su primer maestro. El encargado de la sala de docentes ilustres encomendó  la investigación al estudiante de historia, Eugenio Sagesse. El joven no quería defraudar a sus  jefes, de modo que de inmediato se trasladó a Villa General Uboldi. 

Al llegar supo que el maestro, que había fallecido veinte años antes, había donado su vivienda a la escuela, y era donde funcionaba el comedor y el aula de computación. En el altillo se encontraban atesoradas las pertenencias del recordado docente, y allí entró Sagesse, a catalogarlo todo. Se sorprendió de los ingeniosos métodos educativos de Gallardo, que registraba sus actividades en cuadernos. Encontró sus colecciones compuestas por nueve volúmenes de estampillas archivadas, doce cajas de minerales de la zona con sus catálogos y cientos de discos de pasta de música clásica.

Los cuatro vecinos de Villa General Uboldi que asistieron a la inauguración del museo cantaron emocionados el Himno Nacional. Querían ver qué habían expuesto de su primer maestro, pero era una visita guiada y debieron peregrinar por las distintas salas. Los cuatro hicieron el recorrido contemplando con abulia los viejos escudos, pupitres de madera y mapas ajados que les iban mostrando. Por fin llegaron al lugar que les interesaba, la sala de los docentes ilustres y dentro rastrearon al señor Gallardo, como un sediento buscando el agua. 

Allí estaba. Una hermosa vitrina dedicada al gran educador de Villa General Uboldi. Todavía olía a pintura fresca. Arriba de todo estaba la fotografía en blanco y negro del hombre del jopo y el bigote que sonreía a la cámara. Unos gráficos ilustraban sus ingeniosas estrategias pedagógicas y mostraban parte de sus colecciones. Se destacaban los minerales y las estampillas. Al ver el último objeto, los cuatro se miraron con los hombros y las cejas en alto. En la parte inferior derecha de la vitrina estaba el modelo a escala. Sintieron vergüenza al no reconocer la obra de su estrella local. Se acercaron para ver la tarjeta junto a la maqueta de plástico gris. Con letras muy chicas habían escrito escultura abstracta.   

Comentarios

Entradas populares de este blog

El club del barranco

Pocas horas después del mediodía, el club del barranco estaba por empezar otra sesión. El lugar de reunión de esa tarde era el maizal de don Zale porque ahí está más fresquito.  —Es muy importante que antes de hacer el entierro estemos de acuerdo. Esto es un secreto —dijo Diny poniéndose de pié—. ¿De acuerdo? Me parece que antes de seguir, les tengo que contar qué es el club del barranco porque así la historia se entiende mejor. El club del barranco se había formado dos veranos atrás y para ser miembro, tenías que bajar corriendo por el barranco y frenar sin caerte al arroyo. Si te salía mal y rodabas por la pendiente o, peor, te ibas de cabeza al agua, chau, no podías entrar al club. Por eso sus integrantes habían pasado esa prueba. Bueno, por lo menos les había salido bien una vez. Y la verdad es que nadie puede hacerlo bien la primera vez. Pero, por suerte, se podía tratar varias veces y también vale que te ayuden atajándote.  Ahora que saben qué es el club del barr...

La magnífica Ubar

La magnífica Ubar, al sudeste de la Península Arábiga, era conocida también como la ciudad de las columnas. Su única entrada era el Portón del Homenaje hecho de hierro fundido y estaba rodeada por gruesos murallones con siete almenas y cuatro torreones. Era el centro comercial más importante de la península y sus habitantes disfrutaban de las comodidades de la época. Sin embargo, cierto día algunos  ciudadanos se quejaron de que eran importunados por un tal Adib, conocido como Adib el oscuro. Tal fue su clamor que llegó a oídos del Visir de Ubar que administraba la ciudad por mandato del Califa. El asunto parecía delicado de modo que le encomendó la indagación a su consejero de mayor confianza, un hombre piadoso conocido como Malek el afable.  Dos días después de cumplir su cometido, el comisionado se presentó ante el Visir y con gran consternación relató cuanto había descubierto. Tras escuchar la sorprendente crónica, la siguiente tarea de Malek el afable fue congregar en el ...

Los viejitos del ajedrez

Se trata de caminar a paso vivo durante una hora y no hace falta correr ni hacer cosas raras. El médico fue muy claro, esa hora diaria de caminata intensa va ayudar a recuperarme y a bajar de peso. Mis compañeros de trabajo me recomendaron anotarme en uno de esos gimnasios llenos de aparatos para ejercitarse. La opción de caminar en la plaza fue la propuesta de mi esposa, mi hija y mi suegra. Como es lógico, estoy haciendo mis caminatas en la plaza.  La Plaza Almagro no es mi favorita, pero está cerca de casa. Todos los días camino durante una hora y debo  reconocer que me siento mejor. Resulta agradable pasear entre los chicos que juegan y los paseadores de perros. Soy el más lento del grupo de los que usamos ropa deportiva. Algunos corren velozmente esquivando a los demás mientras que yo camino con mi orgullo un poco flojo. Sin embargo creo que mi calzado deportivo debe ser el más caro y además me hace sentir que voy flotando sobre la vereda. Estoy convencido que por la ropa...