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El paso del tonelero

 

Efaín Belmonte era una celebridad en la Universidad de Córdoba, entre otras cosas, porque sus conferencias atraían a muchos estudiantes y a algunos colegas. Era un hombre corpulento de casi un metro noventa de estatura, siempre enfundado en elegantes trajes y desde el escenario sus ojos grises proyectaban una mirada bondadosa mientras su profunda voz mantenía cautivo a su auditorio. El Dr. Belmonte era experto en la historia de los pueblos originarios de su provincia. 

La opinión de sus colegas era coincidente en que lo mejor de Belmonte eran los rituales de cierre de sus conferencias en las que incluía breves y curiosas historias que no aparecían en sus libros.

Una tarde, al concluir su ciclo de conferencias sobre el intercambio de ganado entre los Pampas, se apagaron las luces del proyector. El auditorio, silencioso y expectante, aguardaba la prometida historia de cierre mientras los ojos grises de Belmonte parecían buscar algo en el oscuro fondo del salón. Cuando el silencio del auditorio llegó a su mayor densidad miró a su público y con una sonrisa de bondadosa complicidad anunció gravemente el título de la historia de cierre: El Paso del Tonelero, el juego de naipes olvidado del siglo XVI. Los presentes se acomodaron en sus butacas como niños dispuestos a escuchar una buena historia. A continuación la historia de Belmonte.

En Sevilla circulaba el rumor de que Don Bartolomé era sobrino del conquistador Domingo Martínez de Irala. El prestigio del vasco Martínez de Irala estaba en aumento desde su partida con Pedro de Mendoza y alcanzó su máximo cuando fue nombrado gobernador general de Asunción. Al llegar a España las noticias de que las dóciles y bellas doncellas indígenas accedían gustosas a convivir en grupo bajo la dependencia de cada hombre, muchos varones se interesaron en cruzar el océano en busca de aventuras. Para embarcarse rumbo a estas nuevas tierras era necesario contar con una formidable fortuna o tener importantes influencias. Bartolomé de Encinas logró embarcarse rumbo a América aprovechando hábilmente las habladurías de la época según las que estaba directamente emparentado con gobernador general.

Las fuentes historiográficas consultadas, señaló el Dr. Belmonte, eran coincidentes en que Don Bartolomé de Encinas era un aprovechador bueno para nada. Los registros encontrados en Sevilla anteriores a su enrolamiento en el barco que lo trajo a América revelan que con frecuencia estaba envuelto en problemas que se desarrollaron en tabernas ubicadas a ambos márgenes del río Guadalquivir. Su viaje hacia América fue celebrado en Sevilla por muchos ciudadanos, en especial los taberneros y algunos maridos de la ciudad. 

En Mayo de 1569 Bartolomé de Encinas, junto con otras 237 personas, entre pasajeros y marinos, se embarcó en una de las seis naves que partieron de Cádiz con rumbo a Sudamérica. No se pudo hallar información de la ruta o destino final exacto del viaje, sin embargo se sabe que casi dos meses después de salir de Cádiz finalizó la travesía. 

El Paso del Tonelero fue un juego de baraja española que Bartolomé de Encinas inventó durante su viaje a Sudamérica. Al parecer, este hombre, carente de otras habilidades que pudieran ser de provecho durante la travesía, fue encargado del cuidado de los toneles de una bodega. En estos toneles se transportaba el agua dulce y las conservas necesarias para la alimentación de la tripulación y su custodia e inventario no demandaban demasiado esfuerzo. No resulta difícil suponer que sobre las tapas de los toneles Don Bartolomé haya creado este juego de naipes, en parte para combatir el aburrimiento y otro tanto para aprovecharse de sus compañeros de viaje.

Según parece, el juego resultó muy divertido y pronto toda la tripulación se interesó en aprender sus reglas. Lo interesante del asunto es que el pasatiempo requería la participación de cuatro jugadores dispuestos a efectuar fuertes apuestas y dedicar tiempo a prolongadas sesiones en la mesa de juego. Según se anotó en las memorias del capitán del barco, los interesados debían presentarse con una bien provista bolsa de reales, alimentos, bebidas y una bacinilla ya que quien se levantaba de la mesa perdía la partida por abandono y no recuperaba su dinero. 

El juego llegó a América con su inventor, don Bartolomé de Encinas, que adquirió pronto gran reputación porque fue el juego preferido de los soldados de la época. Era un juego excitante para los aburridos militares de bajo rango que habitualmente perdían sus salarios en una noche. El juego frecuentemente promovía graves discusiones y peleas que a veces terminaban con lesionados o, en más de una ocasión, con la muerte de algunos de los jugadores. Esto estaba contemplado en las reglas del juego, ya que la muerte era otro de los modos de perder en el juego y el vencedor conservaba además del dinero de la apuesta, las prendas del difunto incluyendo su bacinilla. Era sabido que donde se reunieran a jugar a "El Paso del Tonelero" habría graves disturbios, golpes de puño y hasta duelos con armas blancas. Según se comentaba entre los soldados de Asunción, en una de estas riñas debidas al juego, el propio Bartolomé de Encinas perdió un ojo. 

Don Francisco Álvarez de Toledo, Virrey del Perú, preocupado por la decadente moral de sus soldados, decretó la prohibición de "El Paso del Tonelero" condenando a los jugadores a la pena de encarcelamiento indefinido sin posibilidad de acceder a los naipes. Como es lógico, la medida inmediatamente aumentó la popularidad del juego de modo que su práctica fue clandestina y casi exclusiva de los soldados de alto rango. La prohibición del juego era conocida en todos los asentamientos militares, pero su cumplimiento fue muy difícil debido a buenos salarios de la nueva elite de jugadores a los que se denominó “los furtivos”. 

En julio de 1572 el Virrey del Perú ordenó a Jerónimo Luis de Cabrera que abandone Potosí para fundar una ciudad que luego fue la actual Ciudad de Córdoba. Durante esa campaña Cabrera construyó el Fuerte de San Juan a orillas del río homónimo, hoy Suquía. 

Belmonte hizo una pausa antes de señalar que en este fuerte se jugó por última vez a "El Paso del Tonelero" cuyas reglas, a diferencia de otros juegos de baraja, se han perdido para siempre. Belmonte mencionó que dos años atrás había encontrado en el archivo del Museo Histórico de la Universidad unas actas labradas en el Fuerte de San Juan. Según estas actas, una helada noche de agosto de 1573, un caballero español solicitó hospedaje en el fuerte San Juan para seguir luego su camino al Río de la Plata. Con la ayuda del aguardiente y su bolsa de dinero el viajero persuadió a unos soldados para jugar a "El Paso del Tonelero", el juego prohibido. 

Los militares entusiasmados por la propuesta y la posibilidad de ser incluidos entre los “furtivos”, encargaron al mozo del fuerte que dispusiera el cobertizo de abarrotes para pasar una noche de naipes. Como era la costumbre de la época, el recinto debió estar apenas iluminado por una linterna de aceite y con toda seguridad en la mesa del centro se colocó una vela para agregar un poco de luz sobre la baraja. Según estas actas, los jugadores se sentaron sobre alforjas de cebada y conversaron en voz baja para no delatar sus actividades. El mozo fue obligado a permanecer toda la noche en el cobertizo para asistir a los jugadores. Al parecer el muchacho estuvo temblando toda la noche, un poco por el frío y otro tanto a causa del temor que infundía la inquietante apariencia del viajero con el parche sobre un ojo. 

Al parecer esa partida de naipes no causó ningún disturbio, ya que no sería propio de los “furtivos”. El viajero se alejó del Fuerte de San Juan al amanecer con rumbo al Sur llevando consigo el sueldo de los tres militares. 

Al despedirse, Belmonte mencionó que esta se había convertido en una de sus historias favoritas por dos razones. En primer lugar porque los soldados fueron delatados y sumariados por jugar por última vez a "El Paso del Tonelero" sabiendo que estaba prohibido. Finalmente, dijo Belmonte, no se comprende por qué las actas del sumario, fechadas en agosto 1573, mencionan un viajero español semejante a Bartolomé de Encinas cuando éste fue degollado por los Diaguitas en 1570.  

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