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V de Venecia

Carmela no aparecía y sus compañeras de viaje tenían motivos para estar preocupadas. Anochecía en la ciudad y nadie sabía nada de ella desde que las cinco bajaron del bus que tomaron en el aeropuerto Marco Polo de Venecia. Todas habían sido compañeras durante el secundario, pero Graciela era la que más la conocía y se mostraba muy inquieta por la situación. Después de todo era la que estaba al tanto del pasado de la familia de Carmela.


Cuando era una niña la familia de Carmela se vio obligada a huir de Sicilia. Según el relato un grave problema se había suscitado entre dos familias muy poderosas y enfrentadas por rivalidades de poder. Antes de llegar a Argentina, en medio de estas disputas, dos de sus hermanos habían sido asesinados y su padre había perdido un brazo.


El conserje del hotel comprendió la preocupación de las ancianas por lo que decidió llamar a la central policial del barrio de San Marco. Cuando se presentó en el hotel el inspector Mastrangelo, habían pasado seis horas desde que habían visto por última vez a Carmela. El policía se reunió con las mujeres en una sala del hotel y, pese a que todas le hablaban al mismo tiempo, comprendió que vieron a Carmela por última vez al bajar del bus a dos calles del hotel. 


Graciela no sabía si era buena idea contar al inspector la historia de la familia de Carmela, temía avergonzar a todos y pasar por una anciana extranjera propensa a las alucinaciones. El inspector Mastrangelo, notó la inquietud de Graciela y la  tomó del brazo y la llevó aparte. Procuró tranquilizarla contándole que no es raro que los turistas se pierdan en las calles medievales de Venecia con sus puentes, escaleras y canales.


La mujer, apenas conteniendo el llanto, decidió brindar al inspector los detalles de la historia de la familia de Carmela. Mastrangelo escuchó el relato de la huida de la familia de Carmela y del entrenamiento que el padre impartía en su casa para evitar una posible venganza de la familia rival siciliana. Mastrangelo le dijo sonriente que era poco probable que se ejecute una venganza de más de sesenta años. Por más que el apellido de Carmela se hallara  vinculado a la mafia de la isla italiana, había pasado mucho tiempo. 


Las palabras del inspector tranquilizaron un poco a Graciela. Las compañeras de viaje se acercaron y coincidieron en que desde pequeña Carmela siempre estaba en actitud vigilante. Los agentes que buscaban a Carmela por la zona llamaron al móvil del inspector para informar que no había rastros de la anciana. Mastrangelo se retiró del hotel con un mal presentimiento. Sabía que era demasiado tiempo para un simple extravío. 


Oscureció en Venecia y la inquietud de las mujeres impidió que disfrutaran la cena del hotel. 

Convencidas por el conserje aceptaron beber unas copitas de amaro. En ese momento Carmela entró sonriente al salón. Se sentó con la ayuda de su bastón y como si nada hubiera pasado reclamó su copita de licor. Al rato se presentó Mastrangelo y Carmela contó por segunda vez como se retrasó y extravió por su dificultad para caminar. La anciana notó que el inspector la miraba con suspicacia y como si se dirigiera a un niño pequeño, le dijo que le resultó difícil caminar por las calles de Venecia. Todos miraban a Carmela que, luego de beber un trago, dijo en tono alegre que el bastón le había salvado la vida. Todos rieron cuando la mujer golpeó el suelo con su bastón. Mastrángelo notó las manchas rojas en la empuñadura del bastón, pero sabía cuándo dar por finalizada una misión labor. Se retiró saludando con cortesía al alegre grupo de ancianas turistas.


A la mañana siguiente, se oían las carcajadas de los compañeros de Mastrángelo cuando éste les relató la historia de la anciana turista que se perdió en Venecia al llegar a su hotel. Lo hilarante del relato era que señalaba un informe policial en su escritorio que indicaba que hacía unas horas se había descubierto el cuerpo sin vida de un famoso asesino siciliano flotando en un canal. La fotografía adjunta mostraba a un hombre corpulento muerto con numerosas incisiones causadas por algo como un pequeño estilete.


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